Una lección de vida y un adios
Era un atardecer tan triste como mi ánimo. Las cosas no me salían bien. Antes de despedirme, dije a mi esposa que por momentos tenía ganas de que me pisara el tren.
Salí a la calle. Por la vereda del frente, un joven con dificultades para caminar avanzaba apoyándose de las verjas de las casas.
Por momentos parecía que tropezaba, pero no. Él seguía. Fue cuando me presente y me ofrecí para llevarlo en mi coche. Aceptó agradecido.
Iba hasta su casa y volvía de la consulta del médico. La suya una grave enfermedad que se despertó en lo mejor de su juventud y que avanzaba sin pedirle permiso.
Llegamos a su domicilio. Le confesé mi admiración y le pregunté: ¿cómo hacía para no desanimarse?
–Sé que si me quedo en casa, será peor –fue su respuesta–. Entonces salgo. Aunque las cosas no salgan como yo quisiera, lo intento igual.
Lo seguí viendo por el barrio. Nos hicimos amigos. Sus músculos se siguieron endureciendo: ya no pudo volver a caminar.
Sin que nadie lo pudiera cuidar debió dejar su casa y pasar a la cama del hospital. Fui a visitarlo en varias oportunidades.
Su cuerpo cada vez más consumido. Su sueño: volver a dar clases de catequesis en su Parroquia. Su única esperanza: Dios.
Esta tarde me avisaron que, con apenas veintisiete años, había dejado de respirar. Su corazón debilitado no aguantó más la soledad.
Te lo cuento por dos motivos. Primero para que reces por el eterno descanso de Juan Manuel Rodriguez y, para que en tus tardes tristes de desánimo recuerdes su lección de vida, tal como la recuerdaré yo.
Si fuiste amigo de Juancito. Si quieres compartir algún recuerdo alguna anécdota, alguna enseñanza de vida… puedes hacerlo en comentario.
Pablo Córdoba.
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¿Por qué se llama así mi colegio?
La familia tenía un lugar especial en la Escuela. Inclusive se la celebraba con un gran almuerzo a la canasta.
Los abuelos iban a contar cuentos y los padres participaban de una hora de juegos para celebrar su día con sus hijos en la escuela.
Las madres se encargaban de organizar la quermés anual, de adornar la capilla y de organizar la fiesta para el día del maestro.
Después de todo, no hacían más que cumplir con el estatuto del colegio y honrar su nombre: “Sagrada Familia”.
Pero murió el rector y el joven director al poco tiempo convocó a una reunión de padres y les consultó qué deseaban cambiar de la institución.
Entonces, una mujer joven recientemente separada de su marido, propuso no celebrar más el día del padre para evitar que su hija sufriera.
Otra que prefería atender su negocio pidió sacar la quermés para que su hijo dejara de reclamarle mayor participación.
No faltó un papá evangélico que pidió se suspendieran las Misas, por que eso era discriminatorio para sus hijos.
Y, una mamá pidió que los niños no corrieran más el patio, para que su hija paralítica no sufriera al verlos correr…
Yo, que no puedo cerrar el consultorio ni por un instante, propongo que prohíban a los padres ir a buscar a sus hijos… De ese modo los míos…
Sabiendo que siempre al comienzo se ofrece resistencia a los cambios, el director ordenó implementar los cambios de inmediato.
Los abuelos no volvieron a la escuela. Nadie corría en los recreos. La quermés no volvió a funcionar y transformaron la Capilla en una moderna sala de convenciones que nadie usaba.
Pasaron los años y, cuando un alumno preguntó por qué se llamaba así su colegio, ningún adulto supo que contestar.
Pablo Córdoba.
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¡Cuidado con los monos!
Ayer domingo, viví un día de familia con la familia de mi esposa (que es también mi familia) Y, como buen día familiar no faltó el roce con uno de ellos.
Todo fue por un huevo duro que yo puse en una ensalada, sin saber que mi cuñado lo tenía reservado para poner en una pizza.
Ante la ausencia del huevo, vino el insulto y la pregunta de quién fue. Debí responder a su pregunta, haciéndome cargo de mis actos. Pero, como nunca antes me había sucedido, por primera vez en mi vida: no respondí al agravio.
Las palabras de mi director espiritual pudieron más que mi orgullo y esa mala costumbre que siempre he ostentado de “hacer valer mis derechos” y callé.
La cosa es que esta mañana recibo un video protagonizado por un mono que fue para mí un buen ejemplo.
Si eres de los que no dejan pasar ninguna en su contra, de los que por cualquier cosita hacemos un escándalo y somos capaces de arruinarle el domingo a toda la familia por que “nos agraden”. Te invito a ver este video.
Si alguna vez te ocurre lo mismo no me tomes a mí como ejemplo sino al tigre. ¡Lo importante es que tú ni yo andemos por la vida reaccionando como animales!
Cuando marches por la vida recuerda: ¡no caer en el juego de los monos!
Pablo Córdoba.
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