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Pablo Córdoba, tu amigo escritor.
Pablo Córdoba, tu amigo escritor.

–Amar la Cruz es aceptar con alegría los pequeños sacrificios diarios. Es hacer lo mismo que hizo Cristo durante toda su vida, especialmente, en el camino al Calvario. Seguir sus pasos, andar por el sendero de la negación de uno mismo, es camino seguro para llegar a ser otro Cristo. Te explico por qué: para parecerse a Cristo hay que dejarse guiar por el Espíritu Santo.

El alma debe estar libre del egoísmo, que es la raíz de todo pecado. Y la única manera de matar al egoísmo es renunciando a uno mismo, en las pequeñas elecciones diarias. Esto lo explicó Cristo, cuando dijo que quien quiera ser como Él debería negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirlo. Jesús y el Espíritu Santo, se encargaran del resto. Pero si no hay lugar en tu corazón; nada de esto será posible.
Tomar la cruz y seguirlo implica renunciar por completo a uno mismo y entregarse a la voluntad de Dios. Sólo esta negación te liberará de los egoísmos. Cuando quieras acordar, la felicidad habrá invadido tu alma, tu corazón y toda tu persona.
Recuerda lo que te explicó la Felicidad, cuando te dijo: “Preocúpate por el sueño de los demás y podrás descansarás tranquilo”. El amor por las pequeñas cruces diarias te servirá de garantía para ser plenamente feliz, más tarde, en el Cielo.
¿Te das cuenta ahora por qué el Amor te decía que, para ser feliz, hay que llegar primero a la santidad? O sea, parecerse primero a Cristo.

Te estarás dando cuenta de que llegar a ser santo es un desafío que está al alcance de tus manos. Aunque todavía no estás decidido a emprender el viaje. Te sentís mal, entristecido, avergonzado por tus caídas y debilidades. Estás desanimado. Querés dejar de luchar por alcanzar tu santidad. Te falta confianza en vos mismo y sentís que no podés levantar tu cruz. Estás a punto de abandonarla…
Pero no pretendas tomarla toda. Tómala por uno de sus costados y vuélcala completamente sobre los hombros del Cristo del calvario. Ya verás que la cargará con gusto.
Confiado en Él, repetí esta oración: “Señor del madero, sobre tus hombros lo dejo todo: lo pasado, lo presente y lo que esté por venir”. Y prepara tu corazón para que el domingo resucite con el de Cristo.

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