No me pidas que crea en la Iglesia
Autor: Pablo Córdoba
–¿Pedir perdón? ¿Te estás refiriendo a la confesión? ¡No, no, no! A mí no me pidas que me confiese con un cura. Creo en Dios, puedo llegar a creer en Cristo; pero no creo en la Iglesia -le dije algo molesto por su insinuación.
–Es incoherente lo que estás diciendo -me dijo en tono sereno. Si crees en Dios y en Jesucristo; ¿cómo haces para no creer en la Iglesia? No te entiendo. Dame una explicación.
–No sé. No tengo una explicación.
–La Iglesia es una institución fundada y organizada por Cristo. Él fue quien le comunicó a los apóstoles que iba a fundarla para enseñar a toda la gente el camino de la salvación.
Entre ambos se hizo un silencio.
–Si la hizo Cristo, que es tan poderoso y sabio como tú dices; ¿por qué no la hizo perfecta?
–Nadie sabe por qué la hizo de este modo. Ni siquiera se lo explicó a sus discípulos. Hasta el momento no se ha revelado el misterio íntimo de esta determinación de Dios.
–¿Al menos podemos saber para qué la hizo?
–Sí. Del mismo modo en que Dios se hizo hombre en Jesucristo y lo envió como intermediario visible entre Él y la humanidad; así también Cristo, antes de marcharse, quiso dejar una organización visible, formada por hombres y gobernada por éstos, para que sirviera de puente entre el Padre y sus hermanos.
–Estás diciendo que Cristo hizo la Iglesia, para…
–Para quedarse junto al hombre. Para poder estar codo a codo con nosotros, como puente de unión entre el Padre y sus hijos, a los que Cristo llama amigos.
–Me niego a creer en una institución llena de errores y defectos -insistí de modo caprichoso.
–Siempre han existido y seguirán existiendo errores en la Iglesia, ya que desde sus comienzos es administrada y dirigida por hombres… Pero eso no quiere decir…
Probablemente aún desconfías de la Iglesia y no sepas por qué. No importa.
Después de haber resucitado, Cristo reunió a los once discípulos. “Cuando vieron a Jesús, los discípulos se postraron ante Él, aunque algunos todavía desconfiaban. Entonces Jesús les dijo: Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos, en nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado” . Mateo 28, 16-20.
¿Puedes desconfiar de algún cura y, seguramente, tendrás motivos para hacerlo? ¿Pero desconfiar de la palabra de Cristo, es otra cosa? Admás… entre los discípulos también hubo algunos desconfiados, e igual Cristo los mandó a predicar su evangelio. Si en aquel tiempo, escogió a incrédulos… ¿qué te hace pensar que no te pida a tí lo mismo? Mira… si con el tiempo… tú también…
Del e-book: ¡Oler a Nuevo!
Colección: Parate y Pensá
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¿Quién pudiera escupir a su madre?
Autor: Pablo Córdoba
–Con mis pecados he ofendido a Dios y a Cristo. ¿Esto significa que no podré aspirar al Cielo?
–La santidad no está prohibida a ninguna de las personas. Es para todos, incluidos los pecadores como tú. Piensa que Cristo fue al Mundo por los pecadores. Por ellos se dejó crucificar. Es muy bueno que te reconozcas pecador; pero no es suficiente. Debes sentir también arrepentimiento. Tomar conciencia de tus ofensas, aunque te cause dolor.
–¿Dolor? ¿Para qué? Si sufrir es malo…
–No en este caso. Es totalmente natural que así sea. ¿Quién no sentiría dolor al saber que ha escupido a su padre? ¿Quién no se sentiría mal después de abofetear a su madre? Acá pasa algo parecido; más penoso aún. Mientras Cristo fue azotado, golpeado, insultado, tratado como oveja que se deja llevar al matadero, para limpiar tus pecados y los de todos los hombres; tú dices que…
–Estoy arrepentido -dije repentinamente y con la cabeza baja.
Ella, con uno de sus dedos, alzó mi rostro. Me miró a los ojos y sonriendo agregó:
–Será necesario que además pidas perdón.
Los santos también cometieron pecados, pedían perdón por las caídas y se volvían a levantar. Lo importante es que te disculpes y vuelvas a comenzar las veces que sea necesario.
“El cielo seguía despejado… una dulce melodía invadió el ambiente… todo parecía encontrar su lugar… Yo estaba más tranquilo. Jamás había sentido tanta tranquilidad.
Con reconocer que, como todo hombre, tú también has pecado: ¡no alcanza! Con eso no hacemos nada. Hay que dar un paso más, llegar al arrepentimiento y saltar al pedido de perdón.
Arrepentirse es tomar conciencia de la ofensa y entregarse a sentir dolor por los egoísmos, los caprichos, la dejadez, las comodidades y la falsa compasión con la que tratas a tu cuerpo y a tu alma.
Cierra los ojos, recuerda las imágenes del Cristo en el calvario. Cansado, abatido, escupido, maltratado, flagelado, llevando la Cruz por tus pecados y por los míos. ¿Te parece justo que el Señor haya muerto crucificado y que tú te conformes con ir tirando…?
¿No nace en tu corazón el deseo por reparar las ofensas? ¿No nace un sano espíritu de hacer un poco de penitencia, de ir purificándote lentamente?
Dios no te pide grandes flagelaciones, sino pequeñas cosas.
Tiene en cuenta que, el espíritu de penitencia radica en cumplir con alegría los pequeños deberes diarios. Eso que parece insignificante ante los ojos humanos y que tiene tanto valor para los ojos del Señor… eso que a tí y mí nos parecen tonterías. Pablo Córdoba.
Del ebook: ¡Oler a Nuevo!
Colección: Parate y Pensá
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Como pan caliente
Autor: Pablo Córdoba
–Ya sé. Ahora me dirás que Jesús es Dios por todos los milagros que realizó y que, como sólo Dios puede hacer milagros, eso demuestra su…
–No -me respondió la Fidelidad.
–¿Cómo que no? ¿No me vas a decir, ahora, que Jesús no hizo milagros?
–Sí. Sí los hizo. Tal como lo habían hecho antes algunos hombres. Tal como los realizan actualmente los santos con poder de hacer milagros (no por esto se debe confundir a los taumaturgos con Dios). Durante el tiempo que Cristo permaneció como hombre no utilizó su poder divino. Sólo después de muerto, cuando resucitó. Recién ahí hizo algo que ningún otro hombre puede hacer, porque ninguno es Dios: resucitarse a sí mismo.
–Bien… –agregué, cansado de tanto esfuerzo intelectual. La Fidelidad, para distender un poco el ambiente, cambió de tema:
–Seguramente has leído algunos libros que hablan de niños y de hombres con poderes mágicos. Los hay para niños y para adultos con mentalidad infantil. Se los devoran creyendo hallar soluciones a los problemas existenciales. Son tonterías comerciales que se venden como pan caliente, que no hacen otra cosa que confundir y distraer al hombre del mensaje del Dios verdadero.
–Sí, los he leído… y me encantaron.
–No puedo culparte por eso. Están muy bien pensados, bien escritos. Saben hacer de medias mentiras, “verdades” completas. Pero no hay que confundirse: ningún hombre, ni el que supuestamente tenga grandes poderes mágicos o tecnológicos, puede llegar a convertirse en Dios. ¡Jamás!
Ver artículo completo.¿Te molesta que insista tanto en que Cristo, además de hombre, es el Hijo de Dios? No te molestes por eso. Quienes lo crucificaron lo hicieron, entre otras cosas, porque no aceptaban que dijera que Él era Hijo de Dios. Por eso lo mataron.
Sé que no te gustaría ser uno de ellos, pero, lo que pasó hace dos mil años hoy se vuelve a repetir. A muchos aún les molesta que sea el Hijo de Dios. Otros, pretendiendo reducirlo a una figura excelsa pero lejana, tratan de remplazarlo con literatura barata y millonarias producciones cinematográficas.
Hay que ser muy precavidos en esto porque amenaza con convertirse en la última herejía moderna.Del ebook: Oler a Nuevo
Colección Parate y Pensá
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