¿Por qué a mí? ¿Con qué derecho?

Autor: Pablo Córdoba
Fuente: www.pablocordoba.com

–Me puedes decir qué más hace falta para ser un buen cristiano –le pregunté.

–Amor a la Cruz. Ese es otro de los requisitos –me respondió la Fidelidad, con una firme sonrisa en los labios; y agregó:

–Hay que tener un cariño especial por los sacrificios. Es lógico, si fue Jesús quien abiertamente le dijo a sus discípulos: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga”. Éste es el punto de partida para llegar a ser como Él quiere que seamos.
Un proceso parecido al suyo que, antes de ser glorificado, pasó por el calvario.
¿Sabías cuánto sufrió Jesús, en el calvario?

–Bastante, supongo.

–Como el pueblo prefirió que se liberara a Barrabás, que sí era un malhechor, Pilato ordenó que Jesús fuera azotado. ¿Sabes como era el flagelo romano que se usaba en esa época?

–No, ni idea.

–Un látigo. Se abría en tres ramificaciones, cada una terminaba en dos bolitas, que propiciaban seis golpes. Jesús fue azotado por un verdugo alto y otro bajo. Esto se solía hacer en Roma para no acabar con la vida del condenado quien, recibiendo algunos golpes arriba y otros abajo, no moría desangrado. Jesús permaneció atado a una columna. Los verdugos fueron turnando sus azotes, unos tras otros, hasta llegar a la cuenta de cien latigazos. Seiscientos tajos que cubrieron de heridas su cuerpo.

Después, “los soldados llevaron al palacio del gobernador y reunieron a toda la tropa en torno a Él. Le quitaron sus vestidos y le pusieron la capa de un soldado de color rojo. Le colocaron en la cabeza una corona de espinas. Doblaban la rodilla ante Él y se burlaban de diciendo: ¡Viva el rey de los judíos!. Le escupían la cara y le pegaban en la cabeza.” Así lo cuenta Mateo en su evangelio.

¡A Barrabás!, ¡liberen a Barrabás! Gritamos, tú y yo cada vez que elegimos el pecado. Él se dejó azotar por tus pecados y por los míos. Nosotros, en cambio, en cuanto se nos abre una pequeña herida, ante un pequeño sacrificio, una enfermedad, una dolencia… Cuando la Iglesia nos pide ayuno y abstinencia, solo una vez al año, clamamos al Cielo preguntando: “¿Por qué a mí, Señor? ¿Con qué derecho?”

Pablo Córdoba.

Quiero aprender a ser Feliz, me podría ayudar?


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