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Pablo Córdoba, tu amigo escritor.
Pablo Córdoba, tu amigo escritor.

Autor: Pablo Córdoba

–Correcto –me respondió, dejando ver sus blancos dientes entre los labios–. En el sacramento del matrimonio, Dios une a los novios. Y esa unión alcanzará su consumación, que se expresará con la unión sexual de los esposos. Fíjate que digo esposos y no amantes, amigos o novios. Allí, en la compañía de Dios, se harán una sola cosa la mujer con su esposo.
–No me diga que cuando hacen el amor, Dios también está en el medio –pregunté en tono jocoso.
–Pues claro que sí. Si el sexo es otro de sus inventos. Además, está siempre presente en la vida de sus hijos. Ya dijimos que el matrimonio es una comunidad de tres personas. ¿Por qué excluirlo?
–¿No tiene otros asuntos que atender?
–Puede que no. No te olvides de que todo lo referido a sus hijos es importante. Pese a que, como habrás podido notar, el mundo habla del sexo con demasiada frivolidad. Hasta diría que lo hace en términos obscenos. El sexo es algo bueno, por lo tanto, algo querido por su Creador.

Primero dijimos que el matrimonio es la culminación de un proceso que comenzó en el enamoramiento y que debe encuadrarse en un marco jurídico que, lejos de interferir en la intimidad del amor conyugal, la protege y favorece.
Luego aclaramos que el marco jurídico es exigido: por la sociedad, por los novios y por los hijos, quienes especialmente requieren que se les reciba en un auténtico hogar y no en medio de improvisaciones inestables y caprichosas.
Antes de finalizar dijimos que el matrimonio es un Sacramento, lugar de encuentro y de unión entre Dios y sus hijos, y que Cristo elevó esta realidad humana a dicha condición.
Para finalizar demostramos que el matrimonio es elegido por el Creador como ámbito adecuado para concebir nuevas personas y como base del desarrollo social.
De este modo, criatura y Creador se vuelven a encontrar en el reflejo de un espejo humano-divino llamado matrimonio. Un espejo en el que hombre y mujer, siendo auténtica comunidad de amor y de vida, “se hacen”, nada más y nada menos, que imagen y semejanza de Dios. ¡Imagen y semejanza de Dios!

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