¿Quieres sentir su presencia?

Autor: Pablo Córdoba

“Pasó el tiempo y yo seguía sin entender lo dicho por aquel joven de voz firme y serena: “no estás sólo en este universo”. Sinceramente, me costaba creerle. Si no había visto a nadie hasta ese momento.
Pero Manuel, -mi ángel Custodio, estaba en lo cierto. Como en tantas ocasiones, sus palabras eran certeras. De pronto, mis oídos fueron sorprendidos por otra voz que en un tono dulce y apacible me llamaba por mi nombre. Era una voz serena y tierna que, a medida que se acercaba, aplacaba en mi alma la calma.
Deslumbrado comprobé que la voz venía de un tierno anciano, quien, con sonrisa de niño y mirada paternal llegó hasta mi encuentro.
Yo me sentía desnudo, inseguro, perplejo. Quería huir de aquel momento, pero no pude. Su persona me conmovió de los pies a la cabeza. Todo mi ser quedó maravillado.
Al poco tiempo, su ternura había invadido mi alma por completo, y despertó en ella una sonrisa. Ya no me sentía desnudo ni avergonzado. Tampoco sentía miedo.
Sus afables movimientos habían colmado el encuentro de serenidad. Allí reinaba la calma, y mi corazón estaba tranquilo.

Para tener un encuentro con Dios, bastará con que cierres los ojos y respires despacio. Será suficiente con que te dejes acariciar por su mirada, para que tu corazón quede en calma.
Como en tantas ocasiones, en estos momentos, el Señor sale a tu encuentro. Viene a verte. Quizás te tome por sorpresa y sientas el cuerpo desnudo y mucha vergüenza. Pero no te sientas mal por eso.
Has el intento: Cierra los ojos, respira despacio. Deja que Dios te acaricie, y sentirás la brisa fresca que emana de su ternura; el calor de su mirada y la paz que transmite su sonrisa…

 

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Los ángeles, ¿realmente existen?

Autor: Pablo Córdoba.

–Como te dije, soy tu ángel de la guarda. Aquel que Dios puso a cargo de la protección de tu vida. Soy tu ángel guardián.
–¡Qué gracioso!, ¿no me digas? Así que eres el famoso “angelito de la guarda”. ¿El de la dulce compañía? ¿Y cómo te llamas… ni de noche ni de día?
–No te hagas el gracioso y dime, por favor, como me llamarás. Los ángeles somos seres puramente espirituales, tenemos inteligencia y voluntad; pero no tenemos nombre. Creados por Dios, hemos sido puestos al servicio de los hombres para iluminarlos y acompañarlos en su camino de regreso al Reino. Tenemos misión, pero no tenemos nombre.
–¿Así que, además de pedirme que crea en las burradas que estás diciendo, me pedís que te asigne un nombre? Está bien. Te llamarás Joaquín. No, mejor Juan Manuel. No, solamente Manuel. Manuel a secas, sin más.
Apenas pronuncié su nombre, una suave brisa fría se posó sobre mis ojos y recuperé la vista. Pero, a pesar de que pude ver, no vi a nadie.
–Estoy detrás –dijo Manuel.
Al darme vuelta vi que aquel espíritu había tomado forma de una persona joven, de mirada limpia y simpática, de hombros anchos y cintura estrecha. Estaba sonriendo y para mi sorpresa tenía alas.

“La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Biblia es tan claro como la unanimidad de la Tradición”.
Los ángeles son criaturas espirituales que glorifican a Dios sin cesar y que sirven sus designios salvíficos con las otras criaturas. Los ángeles cooperan en toda obra buena que hacemos”.
“En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales. Superan en perfección a todas las criaturas visibles…”, dicen los puntos 328, 330 y 350 del Catecismo. Con ello indican que los ángeles existen; que son seres espirituales; que fueron creados por Dios y puestos a su servicio, especialmente para ayudar a los hombres en el camino a la santidad.
Podrás decirme: “Como la Iglesia dice que es una cuestión de fe y, como yo no quiero creer: no creo en la existencia de los ángeles custodios”. Puedes sostener esa idea. Pero los ángeles no dejan de existir por tu capricho ni por el mío.

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Seguramente, hablará contigo

Autor: Pablo Córdoba

–Me gustaría hablar directamente con Cristo, sin intermediarios –le dije convencido de que eso era imposible.
–Durante toda tu vida, Cristo te estuvo esperando para conversar en persona, sin intermediarios, en el Sagrario.
–¿Dónde?
–En el Sagrario. En ese lugar dentro de las Iglesias donde está Jesús sacramentado. Cada templo tiene una celda de amor… suele ser dorada. Allí hay un hombre vivo, un corazón latiendo y aguardando tu visita. Durante todo estos años te estuvo esperando, como espera a los demás hombres. Pide que se acerquen, que le hablen, que le traten. Ahí está, sufriendo en silencio el desprecio de la humanidad. Aunque te parezca increíble, siendo el Hijo del Altísimo, está ahí mendigando tu corazón. ¿Y tú…?
–Y yo… –dije ya sin voz.
–Tú nunca te acercaste. Fuiste incapaz de saludarlo, de permitir que te amara. Si te hubieras acercado al Sagrario, si te hubieras sentado a contemplarlo; su amor te hubiera arrastrado hasta el encuentro, hasta el diálogo, hasta la conversión del alma, hasta la amistad sincera y confidencial entre tu corazón y el suyo. Si te hubieras dejado amar; hubieras amado a Cristo.
–¿Amar a Cristo es dejarse amar por Él?
–Exactamente. Amar a Cristo, no es otra cosa que dejarse amara por Él.

Ser confidente con Cristo, con el amigo incondicional, que está dispuesto a escuchar tus problemas, a consolar tus fracasos y desencantos; a curar tus heridas; a confortar tu cansancio…
No podemos apoyar nuestra cabeza en el pecho de Jesús como lo hizo el discípulo amado, pero, podemos apoyar todo nuestro ser en el Jesús sacramentado. Descansar en sus brazos, dejar que enjuague nuestras lágrimas y que nos reconforte el alma. ¿Por qué no vamos a visitarlo?
En esa celda de amor hay un hombre que también es Dios, que cura a los enfermos y multiplica los panes y el trabajo. Es el mismo Cristo que habló con la prostituta y cenó una noche en la casa de Zaqueo. El mismo que perdonó a la mujer adúltera. ¿Qué te hace pensar que no quiere hablar con tigo?
Pablo Córdoba.

Del e-book: Cristo quiere que lo beas (con b)
Colección: Parate y Pensá

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