por Pablo Córdoba | No hay comentarios
Cuando vivà en Alaska, conocà a una anciana, delgada de ojos celestes y pelo color nieve que, siempre tenÃa en su rostro una sonrisa. Una hermosa sonrisa.
Esta mujer vivÃa sola, en una casa pequeña, algo alejada de la ciudad.
A las limitaciones propias de su edad, habÃa que sumarle las dificultades de la soledad y de un clima hostil.
Sus dÃas eran monótonos, al parecer muy aburridos, pero sucedÃa todo lo contrario. Yo recuerdo a la Sra. Wilda como una mujer feliz. ¡Muy feliz!
En una de las lecciones del E-Curso: 5 Claves para ser Feliz, cuento cual es el secreto que mantenÃa siempre contenta a la Sra. Wilda.
Si quieres conocer su secreto y tú también ser tan feliz como fue esta bellÃsima señora te invito a suscribirte del E-Curso de manera GRATUITA, haciendo clic aquÃ
¡Te estaré esperando!
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Ayer fue uno de esos dÃas difÃciles. Esos en los que uno cree que nada tiene sentido… que Dios no lo escucha y que se a olvidado de las preocupaciones de uno… ¡Tuve la clara sensación de que todos mis esfuerzos… no valÃan de nada!
¿Qué debÃa hacer? ¿Seguir escribiendo, publicando, difundiendo los mensajes o serÃa el momento de abandonar y pensar en otras cosas? ¿Me habÃa quedado realmente sólo? ¿Dios se habÃa desentendido de este proyecto? ¡Ya nadie lo tenÃa en cuenta!
Encontré una mail… que no habÃa leÃdo. Lo abrà y di con un testimonio de una persona que, pasando por un momento similar al mÃo, le habÃa pedido a la Virgen una prueba… Una señal del Cielo, un guiño de ojos que, le hiciera saber que MarÃa la acompañaba. ¡Que no estaba sola!
No terminó de hacer su pedido, cuando vio la señal. La persona que la acompañaba, también la vio y sorprendida le comentó lo que estaba viendo…
-Es la señal que acabo de pedir a la Virgen. -Le dijo a modo de explicación.
Yo detuve por unos segundos la lectura del relato. Cerré los ojos y pedà una señal. Algo que me dijera que: No estaba solo… Que mi esfuerzo valÃa la pena… Que tenÃan sentido…
Terminé de leer el testimonio y regresé a mi trabajo.
Por la noche me dirigÃa con mi familia a visitar un familiar. Como si alguien guiara mi mano, encendà la radio del coche. Mis hijas que venÃan haciendo barullo, se quedaron en silencio:
En ese preciso momento una voz femenina decÃa:
“Ahora vamos a compartir un cuento, de nuestro amigo, Pablo Córdoba, de su libro: ¡Sigue Remando!
Nos miramos con mi esposa sorprendidos y a la vez emocionados. Seguimos la lectura del cuento, en la voz de MarÃa Fernanda, que al finalizar leyó:
“El invierno guarda en su corazón las semillas de la primavera.
Si, en tu vida no hay inviernos, tampoco habrá flores nuevas”.
Después vino un tema musical.
Sentà un dulce calor recorrer todo mi cuerpo, como si fuera una caricia del Cielo. Un detalle de amor de MarÃa.
-Esta es la señal. -Le comenté emocionado a mi esposa. Y le conté lo que habÃa vivido, horas atrás, en los momentos de desasosiego.
Llegamos a destino. Mis hijas volvieron al barullo. Mi esposa a su silencio, mientras yo, con los ojos humedecidos, daba gracias a mi Madre del Cielo, por este detalle de amor con el que me decÃa: ¡Sigue Remando! No bajes los brazos que estoy contigo… ¡Sigue Remando!
P/D: No cuento esto por vanidad. Ni para que vayas a pensar que soy un elegido. Lo cuento porque te puede pasar lo mismo. ¿Quién no necesita de un gesto, una caricia, una palabra de aliento?
Lo cuento, para que renueves tu confianza en MarÃa que, aunque no parezca, está cuidando de ti y de tus proyectos.
Si lo necesitas, pÃdele una señal, pero ojalá que no sea necesaria. Ojalá que tu fe sea mayor a la mÃa y, que tus fuerzas no decaigan para que puedas ¡Seguir Remando!
Un gran cariño a MarÃa Fernanda Maurutto y a todos los oyentes de “La Otra Orilla” el programa de la nochecita, de Radio MarÃa – Argentina.
Pablo Córdoba
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Este es el espacio para que los lectores de ¡No pierdas tu Tren! Aprende A ser Feliz, puedan hacer sus comentarios sobre el libro y compartir sus opiniones con otros lectores.
También puedes hacerles preguntas a Pablo Córdoba, el autor del libro.
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por Pablo Córdoba | No hay comentarios
Como todos los dÃas, por cuestiones laborales me contacto con Juan Carlos, vÃa Skype. Este sistema fantástico que permite comunicaciones de tipo telefónica pero a través de la computadora y por internet.
Uno, por lo general, habla con un micrófono y utiliza los parlantes del ordenado. Este amigo mÃo, trabaja en su casa, entonces, nuestras comunicaciones a veces, son escuchadas por su hijo de 10 años.
Ayer, este chiquilÃn, que algunas veces, escuchó nuestra comunicación, le preguntó a su papá por mi edad.
¿Qué extraño? -se dijo el padre. A lo que respondió con otra pregunta:
-¿Por qué me lo preguntas?
-Es que quiero saber, por que Pablo Córdoba, dice malas palabras.
Cuando Juan Carlos me lo comentó. Confieso que sentà mucha vergüenza. ¡MuchÃsima!
Yo no era consiente del daño que estaba causando a un niño, con mis malas palabras que, aunque son pocas, le llamaron mucho la atención a un niño.
Estoy en deuda con este niño a quien, sin saberlo, ofendà con mi vocabulario inadecuado. Le pedà disculpas a su papá y buscaré una oportunidad para disculparme con el pequeño
Un niño de sólo 10 años, me ha dado una GRAN LECCIÓN.
¿Cuántas veces uno hace cosas equivocadas sin reparar que, aunque para los ojos de los adultos son pequeñas, ante las almas puras como las de un niño, son grandotas?
Parece un detalle menor, pero no lo es. Debemos estar atentos… ¡Muy atentos! cuando actuamos delante de estos pequeños, por que es como si estuviéramos actuando delante del Señor…
Gracias, Juanpi, por tu lección. Dejo por escrito mi compromiso de erradicar esas malas palabras de mi vocabulario y la promesa de hacerte algún regalo en agradecimiento.
Pablo Córdoba.
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por Pablo Córdoba | No hay comentarios
El tren pasaba el primer domingo de cada mes, al atardecer. Y no volvÃa a pasar hasta el mes siguiente.
Como lo venÃa haciendo desde varios años atrás, ese domingo, Juan Esteban se bañó, se puso su mejor traje y se perfumó con su mejor perfume.
Salió al jardÃn de su casa, cortó las flores más bonitas y armo un ramillete precioso.
Busco su alcancÃa, tomó los ahorros del mes, se puso el sombrero y se dirigió a la estación del ferrocarril.
Diez minutos duraba
Sonó el silbato anunciando la partida del convoy y, con el tren, partieron sus esperanzas.
Como lo hizo el mes anterior, regresó a su casa por el andén, con las flores hacia abajo y su corazón destrozado.
Caminó por la avenida principal. Siempre por la misma acera.
SabÃa que a la vuelta de la esquina, se encontrarÃa con Marelen quien, lo invitarÃa a pasar al salón.
Aunque siempre quiso hacerlo, nunca se cruzó de vereda.
Desde el salón ella lo invitó a pasar a
Esta historia será parte del Manual de Educación Sexual que estoy preparando para docentes. La comparto con aquellos que están en la educación de los jóvenes con la intensión de que les sea de utilidad.
Pablo Córdoba.
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