Gracias, Juan Pablo

Como todos los días, por cuestiones laborales me contacto con Juan Carlos, vía Skype. Este sistema fantástico que permite comunicaciones de tipo telefónica pero a través de la computadora y por internet.

Uno, por lo general, habla con un micrófono y utiliza los parlantes del ordenado. Este amigo mío, trabaja en su casa, entonces, nuestras comunicaciones a veces, son escuchadas por su hijo de 10 años.

Ayer, este chiquilín, que algunas veces, escuchó nuestra comunicación, le preguntó a su papá por mi edad.

¿Qué extraño? -se dijo el padre. A lo que respondió con otra pregunta:

-¿Por qué me lo preguntas?

-Es que quiero saber, por que Pablo Córdoba, dice malas palabras.

Cuando Juan Carlos me lo comentó. Confieso que sentí mucha vergüenza. ¡Muchísima!

Yo no era consiente del daño que estaba causando a un niño, con mis malas palabras que, aunque son pocas, le llamaron mucho la atención a un niño.

Estoy en deuda con este niño a quien, sin saberlo, ofendí con mi vocabulario inadecuado. Le pedí disculpas a su papá y buscaré una oportunidad para disculparme con el pequeño

Un niño de sólo 10 años, me ha dado una GRAN LECCIÓN.

¿Cuántas veces uno hace cosas equivocadas sin reparar que, aunque para los ojos de los adultos son pequeñas, ante las almas puras como las de un niño, son grandotas?

Parece un detalle menor, pero no lo es. Debemos estar atentos… ¡Muy atentos! cuando actuamos delante de estos pequeños, por que es como si estuviéramos actuando delante del Señor…

Gracias, Juanpi, por tu lección. Dejo por escrito mi compromiso de erradicar esas malas palabras de mi vocabulario y la promesa de hacerte algún regalo en agradecimiento.

Pablo Córdoba.

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Una historia de amor y desencantos

El tren pasaba el primer domingo de cada mes, al atardecer. Y no volvía a pasar hasta el mes siguiente.

Como lo venía haciendo desde varios años atrás, ese domingo, Juan Esteban se bañó, se puso su mejor traje y se perfumó con su mejor perfume.

Salió al jardín de su casa, cortó las flores más bonitas y armo un ramillete precioso.

Busco su alcancía, tomó los ahorros del mes, se puso el sombrero y se dirigió a la estación del ferrocarril.

Diez minutos duraba la parada. Sólo un instante, para buscar desperado entre la muchedumbre, el rostro de su amada. Bien perfumado y con las flores en la mano.

Sonó el silbato anunciando la partida del convoy y, con el tren, partieron sus esperanzas.

Como lo hizo el mes anterior, regresó a su casa por el andén, con las flores hacia abajo y su corazón destrozado.

Caminó por la avenida principal. Siempre por la misma acera.

Sabía que a la vuelta de la esquina, se encontraría con Marelen quien, lo invitaría a pasar al salón.

Aunque siempre quiso hacerlo, nunca se cruzó de vereda.

Desde el salón ella lo invitó a pasar a la habitación. Allí, le dio un poco de placer. Él, a cambio, dejó el ramo de flores sobre la mesa y los ahorros del mes a un costado.

Esta historia será parte del Manual de Educación Sexual que estoy preparando para docentes. La comparto con aquellos que están en la educación de los jóvenes con la intensión de que les sea de utilidad.

Pablo Córdoba.

 

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