Una lección de vida y un adios

Era un atardecer tan triste como mi ánimo. Las cosas no me salían bien. Antes de despedirme, dije a mi esposa que por momentos tenía ganas de que me pisara el tren.

Salí a la calle. Por la vereda del frente, un joven con dificultades para caminar avanzaba apoyándose de las verjas de las casas.

Por momentos parecía que tropezaba, pero no. Él seguía. Fue cuando me presente y me ofrecí para llevarlo en mi coche. Aceptó agradecido.

Iba hasta su casa. Volvía de la consulta del médico. La suya una grave enfermedad que se despertó en lo mejor de su juventud y que avanzaba sin pedirle permiso.

Llegamos a su domicilio. Le confesé mi admiración y le pregunté: ¿cómo hacía para no desanimarse?

–Sé que si me quedo en casa, será peor –fue su respuesta–. Entonces salgo. Aunque las cosas no salgan como yo quisiera, lo intento igual.

Lo seguí viendo por el barrio. Nos hicimos amigos. Sus músculos se siguieron endureciendo: ya no pudo volver a caminar.

Sin que nadie lo pudiera cuidar debió dejar su casa y pasar a la cama del hospital. Fui a visitarlo en varias oportunidades.

Su cuerpo cada vez más consumido. Su sueño: volver a dar clases de catequesis en su Parroquia. Su única esperanza: Dios.

Esta tarde me avisaron que, con apenas treinta y cuatro años, había dejado de respirar. Su corazón debilitado no aguantó más la soledad.

Te lo cuento por dos motivos. Primero para que reces por el eterno descanso de Juan Manuel Rodriguez y, para que en tus tardes tristes de desánimo recuerdes su lección de vida, tal como la recuerdaré yo.

Si fuiste amigo de Juancito. Si quieres compartir algún recuerdo alguna anécdota, alguna enseñanza de vida… puedes hacerlo en comentario.

Pablo Córdoba.

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¿Por qué se llama así mi colegio?

La familia tenía un lugar especial en la Escuela. Inclusive se la celebraba con un gran almuerzo a la canasta.

Los abuelos iban a contar cuentos y los padres participaban de una hora de juegos para celebrar su día con sus hijos en la escuela.

Las madres se encargaban de organizar la quermés anual, de adornar la capilla y de organizar la fiesta para el día del maestro.

Después de todo, no hacían más que cumplir con el estatuto del colegio y honrar su nombre: “Sagrada Familia”.

Pero murió el rector y el joven director al poco tiempo convocó a una reunión de padres y les consultó qué deseaban cambiar de la institución.

Entonces, una mujer joven recientemente separada de su marido, propuso no celebrar más el día del padre para evitar que su hija sufriera.

Otra que prefería atender su negocio pidió sacar la quermés para que su hijo dejara de reclamarle mayor participación.

No faltó un papá evangélico que pidió se suspendieran las Misas, por que eso era discriminatorio para sus hijos.

Y, una mamá pidió que los niños no corrieran más el patio, para que su hija paralítica no sufriera al verlos correr…

Yo, que no puedo cerrar el consultorio ni por un instante, propongo que prohíban a los padres ir a buscar a sus hijos… De ese modo los míos…

Sabiendo que siempre al comienzo se ofrece resistencia a los cambios, el director ordenó implementar los cambios de inmediato.

Los abuelos no volvieron a la escuela. Nadie corría en los recreos. La quermés no volvió a funcionar y transformaron la Capilla en una moderna sala de convenciones que nadie usaba.

Pasaron los años y, cuando un alumno preguntó por qué se llamaba así su colegio, ningún adulto supo que contestar.

Pablo Córdoba.

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Súmate con tu Oración

Nos encontramos después de muchos años en la sala de espera de la consulta del médico.

A mi respuesta de ¿cómo iba su vida? la respondió con gesto de preocupación.

¿Sabías que estoy separado? –me dijo con gesto de resignación.

Yo estoy bien. Pero a mi hijo de doce años le cuesta aceptar todo esto. Vive conmigo. Esta bien pero yo lo veo triste.

–Imposible que no esté triste –le dije sin poder disimular mi asombro y preocupación.

“La secretaria de mencionó el nombre de mi hija. Había llegado nuestro turno, debíamos pasar a la consulta.

–El sicólogo me asegura que él deberá superar la situación –me dijo mi amigo con ánimo de seguir con la conversación.

–Mira. Yo no soy sicólogo, pero te aseguro que es imposible que un niño de doce años comprenda y supere la separación de sus padres…

“Se quedó pensativo.

Ahora era la doctora, la que impaciente me llamaba a la consulta.

–Si no la entienden Ustedes, ¿Cómo la va a entender tu hijo? –le dije a modo de despedida.

“Salí del hospital pensando en otras cosas. Al entrar en la cochera di con mi amigo. Me estaba esperando.

-Debés salvar tu matrimonio y regresar con tu esposa… ¡por tu hijo! -le dije con toda franqueza y ya cansado de escuchar argumentos falso a favor de la destrucción de la familia, por puro egoísmo.

“A las pocas semanas, un amigo en común, me llamó por teléfono.

Te llamo por que me encontré con Sebastian y me pidió que te llamara. Su hijo intentó quitarse la vida y está delicado.

Pide que recemos. Nada más.

La verdad es que con mi oración puedo hacer muy poco… ¿Y si pido ayuda a mis amigos? –pensé para adentro. ¿Si pedimos entre todos?

Te invito a sumarte en esta cadena de oraciones. Con lo que puedas. Participa con un Avemaría, una decena, un Rosario completo… una Misa. Un Padrenuestro, una novena, un Gloria… ¡Lo que tú quieras!

Sé que eres generoso y que esta idea de ayudar a los demás te llenará de ilusión.

Deja en los comentarios tu compromiso por escrito.
Vamos a pedir en concreto por la reconciliación de estos esposos.

Ese será el mejor regalo para su hijo. Es la noticia que está esperando. Lo único que espantará toda idea alocada de su cabeza y le devolverá la paz que nunca debió haber perdido.

P.D. Si te parece puedes dejar tus palabras de aliento para Sebastian que estoy seguro le harán mucho bien.

Muy agradecido, Pablo Córdoba.

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