por Pablo Córdoba
Recordé que debÃa hacer el cambio de aceite a mi coche. Llamé, solicité turno y a la hora acordada me presenté.
El aceite está en excelente estado –me dijo el empleado–. Una mala pasada de mi memoria. Pero, si no era por el aceite, ¿por qué motivo habré venido hasta acá? –me dije en voz baja–, una y otra vez.
Le pregunté si necesitaba algo de mÃ. Ante la sorpresa de la pregunta, me respondió que no. Regresé a casa y busqué ropa para su hija y un libro para su hermano que está hospitalizado.
Al dÃa siguiente, apareció un ruido en el motor. Para esa misma tarde, el ruido se habÃa tornado insoportable. Muy a pesar mÃo, debà volver al servicio técnico. Al menos ahora tenÃa un motivo.
Al verme ingresar, el dueño del taller, un hombre de gran estatura, me preguntó por qué habÃa regresado. ¿No se habrá vuelto a confundir? –me preguntó entre carcajadas y en tono de risas.
He venido por Usted –le respondà con voz segura. ¿Tiene un lugar donde podamos conversar a solas? –su sorpresa fue más grande aún.
¿Conmigo? –Insistió con gesto de persona inocente.
–SÃ, con Usted, pero a solas.
Pasamos a una oficina llena de papeles y bastante desordenada. Me senté en una silla algo destartalada y él, en un sillón en similar estado.
Sin que mediara ninguna introducción, fui directamente al grano y le pregunté, ¿cuánto tiempo hacÃa que no se confesaba?
Su rostro empalideció. Sus ojos se humedecieron. Por unos instantes ni siquiera pestañeó. Fue como si se hubiera detenido el universo. Para disimular llevó su mano a la cara, pero no pudo más y se largó a llorar como un niño.
Yo no sabÃa qué hacer en ese momento. Atiné a rezar un AvemarÃa en silencio. Cuando él dejó de llorar, con voz entrecortada me contó su historia y los motivos por los qué hacÃa más de cuarenta años que no se confesaba.
Regresamos a la zona de reparaciones, cómo si fuéramos amigos de toda una vida. Él estaba distendido, yo contento de haber encontrado el verdadero motivo de mi visita.
Sólo se habÃa aflojado una tuerca y eso provocó la vibración y ruido –nos explicó el empleado que jamás imaginó siquiera de lo que habÃamos hablado.
Pablo Córdoba
Puedes seguir los comentarios de esta entrada a través de RSS 2.0.
Copyright © 2011 Pablo Córdoba - All Rights Reserved
Entradas (RSS) y Comentarios (RSS)
Theme desarrollado por Manifesto para WordPress.org
Por OLGA LUCIA
El 21 de septiembre de 2009 a las 18:04
SEÑOR PABLO.QUIERO FELICITARLO POR SUS BUENOS CONSEJOS,LA VERDAD ME ENCANTA SIEMPRE LEER LO QUE ESCRIBE,LO FELICITO. PERO QUIERO PEDIRLE ALGO MUY IMPORTANTE PARA MI. ME GUSTARIA QUE UD ME REGALARA O ME EXPLICARA LA MANERA DE BAJR SU LIBRO LLAMADO MI AMIGO CON ALAS. MUCHAS GRACIAS