¿Tengo derecho a ser infiel?
Autor: Pablo Córdoba
–¿Qué quiere decir con eso de que la entrega debe ser incondicional? –le pregunté sorprendido.
–Muy sencillo. El amor conyugal consiste en la recíproca donación de las personas. Incluye atracción, deseo, amistad. Pero va más allá. Es una entrega total y exclusiva.
Los esposos son entre sí mucho más que novios, amigos que conviven o una pareja de hecho. Cuando alguien se casa se entrega al otro para siempre. Y entregarse a una persona para vivir con ella es mucho más que irse a convivir con la novia.
-Sigo sin entender -dije con rostro desconcertado.
-Cuando uno se casa recibe al otro -me respondió en todo sereno.
Recibir a una persona, incorporándola a uno mismo como algo propio, es mucho más que convivir con el novio. Cuestiones que sólo ocurren en el matrimonio. En él, tras una elección consciente y libre, un hombre y una mujer se entregan del todo mutuamente y recíprocamente. Sin condicionamientos ni reservas. A la donación personal corresponde la posesión. A partir de ese momento, el hombre es de su mujer y la mujer es de su esposo. Esto es la monogamia.
–¿La mono qué?
–La monogamia. Al casarse, uno se entrega exclusivamente a una sola y única persona. En efecto, la donación de sí mismos, que mutuamente se hacen los esposos, excluye (si es plena y verdadera) que puedan darse al mismo tiempo o más adelante a otra persona.
–No me parece natural que así sea –le contesté.
–¿Ah, no? ¿Por qué no?
–Todo lo natural es lógico por naturaleza. Y esto de la monogamia me resulta ilógico.
–¿Sí? ¿No me digas? ¿No te parece lógico pensar que lo que ya se ha dado a una persona no puede ser dado a otra?
¿Y a ti qué te parece? ¿No suena lógico que si la entrega ha de ser total deberá ser exclusiva? ¿No me digas que no te gustaría ser amado en exclusividad? Porque es natural que así lo quieras.
La monogamia es el modo natural que tienen los hombres de amar a otra persona del sexo complementario. Las demás maneras, que no exigen exclusividad, constituyen el modo natural que tienen los animales de vivir en pareja. Ellos no viven con; sino que conviven hasta. Y es natural que así sea.
Del libro: ¿Convivir o vivir con?
Esa es la cuestión
¿Para qué nos casamos?
Autor: Pablo Córdoba
–No te pongas tan serio. ¡Cambia esa cara, negrito!, que no se puede vivir la vida como si fuera una partida de ajedrez –me dijo.
–Está bien. Después de todo no es tan duro. Tiene usted razón. Me tomé el tema del matrimonio a la tremenda. Olvidé la fiesta, los amigos, la luna de miel, los regalos y la noche de boda.
–Ni tan a la tremenda, ni tan a la ligera, como dicen en tu tierra. La fiesta, los regalos, las fotos, el vídeo, son una parte; pero no el casamiento. Presta atención, porque si prima la apariencia, no se podrá hablar de casamiento, sino de “casorio”.
De un casamiento hecho sin su verdadero juicio ni en su justa valoración. Un simulacro social. Eso sí, válgame Dios, suelen ser hechos con mucho lucimiento, lujosas fiestas y pomposos regalos. A no confundir la paja con el trigo, que no es lo mismo el “casorio”, que el casamiento.
“Que no confunda la paja con el trigo… ¿de qué cosecha me estará hablando, este tipo? que no es lo mismo el ‘casorio’, que el casamiento”, me pregunté.
–No te asustes, que aún no hemos hablado de la finalidad del matrimonio. Del para qué se casan los novios.
–¿No me dijo recién que era para amar a Dios?
–No hay que olvidar que el amor conyugal ante todo es un amor humano. Amor sensible y espiritual al mismo tiempo. Es la entrega permanente por la cual los esposos comparten generosamente la vida, sin reservas ni egoísmos. Es amor fiel y exclusivo. Pues fundamentalmente es un amor fecundo, que no se agota en la convivencia; está destinado a prolongarse en nuevas vidas. No culmina en los esposos: en él ni en ella. Está destinado a la procreación de los hijos.
–¿Por eso dijo antes que el matrimonio es una comunidad de amor?
“Al fin y al cabo, ¿para qué se casan las personas?”, te estarás preguntando.
Para amarse, para amar a Dios, para tener hijos y formar una familia. Una comunidad de amor y de vida. Para esto se casan los novios. Ésta es la respuesta. Y probablemente, ésta ha de ser la respuesta cuando te preguntes: “¿para qué he nacido?”
Del e-book: ¿Convivir… o vivir con?
Esa es la cuestión
¿Imagen y semanjanza? ¿En qué?
Autor: Pablo Córdoba
–Correcto –me respondió, dejando ver sus blancos dientes entre los labios–. En el sacramento del matrimonio, Dios une a los novios. Y esa unión alcanzará su consumación, que se expresará con la unión sexual de los esposos. Fíjate que digo esposos y no amantes, amigos o novios. Allí, en la compañía de Dios, se harán una sola cosa la mujer con su esposo.
–No me diga que cuando hacen el amor, Dios también está en el medio –pregunté en tono jocoso.
–Pues claro que sí. Si el sexo es otro de sus inventos. Además, está siempre presente en la vida de sus hijos. Ya dijimos que el matrimonio es una comunidad de tres personas. ¿Por qué excluirlo?
–¿No tiene otros asuntos que atender?
–Puede que no. No te olvides de que todo lo referido a sus hijos es importante. Pese a que, como habrás podido notar, el mundo habla del sexo con demasiada frivolidad. Hasta diría que lo hace en términos obscenos. El sexo es algo bueno, por lo tanto, algo querido por su Creador.
Primero dijimos que el matrimonio es la culminación de un proceso que comenzó en el enamoramiento y que debe encuadrarse en un marco jurídico que, lejos de interferir en la intimidad del amor conyugal, la protege y favorece.
Luego aclaramos que el marco jurídico es exigido: por la sociedad, por los novios y por los hijos, quienes especialmente requieren que se les reciba en un auténtico hogar y no en medio de improvisaciones inestables y caprichosas.
Antes de finalizar dijimos que el matrimonio es un Sacramento, lugar de encuentro y de unión entre Dios y sus hijos, y que Cristo elevó esta realidad humana a dicha condición.
Para finalizar demostramos que el matrimonio es elegido por el Creador como ámbito adecuado para concebir nuevas personas y como base del desarrollo social.
De este modo, criatura y Creador se vuelven a encontrar en el reflejo de un espejo humano-divino llamado matrimonio. Un espejo en el que hombre y mujer, siendo auténtica comunidad de amor y de vida, “se hacen”, nada más y nada menos, que imagen y semejanza de Dios. ¡Imagen y semejanza de Dios!
Del e-book: ¿Convivir… o vivir con?
Esa es la cuestión


