¿Qué tiene que ver el amor, con la felicidad?
Autor: Pablo Córdoba
–¿Por qué el hombre se tiene que perfeccionar.
–En primer lugar –me respondió el Amor–, porque para eso fue creado.
–¡No me digas que no puede cometer errores! ¡Es imposible! –objeté.
–No. Es perfecto en cuanto a que está llamado a ser bueno. Fue creado para hacer el bien. En segundo término, pese a haber sido creado para la perfección, no fue creado de manera perfecta. Observándote, darás en la cuenta de que no eres perfecto –me dijo sonriendo.
–¡No te rías! Soy como soy.
Tengo mi carácter formado y no me interesa la perfección. Tampoco veo motivos para cambiar.
–No me burlo de tu condición humana. Me río por que dices que no tienes motivos para cambiar. En realidad… no necesitas motivos extraordinarios para hacerlo.
Es cometido de cada persona, terminar la obra que Dios dejó inconclusa, en ella.
–Eso quiere decir…
–…Que cada uno tiene que hacerse persona a sí mismo, que se tiene que perfeccionar hasta llegar a terminar la obra iniciada cuándo fue creado.
–¿Qué hay que hacer para perfeccionarse?
–Amar. Es el único modo que tienen el hombre para hacerse persona.
–No nos vayamos por las ramas. Estábamos hablando de la felicidad.
–No hemos cambiado el tema. Si quieres ser feliz; tienes que llegar a ser una persona buena.
–¿Buena? –dije asombrado.
–Sí. Por eso te aconsejo que no te preocupes tanto por ser feliz, como de ser buena persona. Inténtalo y encontrarás la felicidad que tanto buscas.
No es difícil darse cuenta de que no somos perfectos. Pero, paradójicamente, todos fuimos creados para alcanzar la perfección. Esto es lo mismo a decir que tú también estás llamado a la santidad; o sea, a perfeccionarte amando a los demás.
Es aquí donde las ambiciones de tu corazón, que late por ser feliz, se unen con el corazón de quien te creó para el amor. ¿Te das cuenta de la relación que existe entre felicidad y santidad?
Del e-book: ¡Encontré lo que buscaba!
Coleción Parate y Pensá
Hay 9 comentarios, te invito a opinar
¿Yo? No. Ni loco

Autor: Pablo Córdoba
–Yo solamente quiero gozar, divertirme. Hacer lo que siento, pasarla bien, SER FELIZ; a mi manera. No soporto que me digan lo que tengo que hacer. Menos, que me hablen de Dios… Yo sueño con ser feliz, pero a mi modo.
–¿Ese “ser feliz a tu modo” coincide con lo que Dios tiene soñado para ti?
–Ya sé que no. Pero no me importa. Tampoco creo que a Dios le importe.
–¡Claro que le importa! Ante sus ojos todos somos importantes, tú también. Es más: te quiere tanto, que desea que seas plenamente feliz. Por eso insiste con que te perfecciones hasta terminar la obra que Él comenzó. Espera que seas compasivo, generoso, honesto, amable, atento… Que llegues a ser santo, como lo fue su Hijo en la Tierra.
–¿Santo, yo? No. Ni loco.
–Entiendo. Cómo no voy a entenderte si ése es el pensamiento típico de una humanidad ingenua que desplazó a Dios del centro del Mundo y se coronó a sí misma reina del Universo. ¡Qué disparate! Dejar a un lado a Dios para hacer lo que “libremente” les place, tal como vos venís haciendo.
Todos soñamos con ser felices. Detrás de esos sueños construimos nuestra existencia: estudio, trabajo, ahorros, viajes, profesión…
Y Dios queda a un costado. Nos constituimos en centro y en dueños de nuestras vidas. Vivimos pendientes de nuestras preocupaciones, y según nuestro antojo.
No obstante, no olvides que las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando su propia satisfacción… no son felices.
Sólo quien se olvida de sí y se entrega a los demás puede ser feliz, con una felicidad que es preparación y anticipo de la felicidad eterna. Los demás, mientras no aceptemos la voluntad de Dios, seguiremos siendo unos pobres infelices insatisfechos.
Del e-book: ¡Encontré lo que buscaba!
Coleción Parate y Pensá


