Y esto, ¿para qué me sirve?
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Autor: Pablo Córdoba
En la compañía, lo más importante eran las ventas. Había que vender, vender y vender.
Con tal objetivo, desde la casa central se capacitaba a los gerentes y team leaders en el dominio de las técnicas para manejar a los productores, asesores, o como quieran llamarles, en todo lo que sea ventas. El nombre era lo de menos, todos nos alistábamos como “vendedores contratados”.
La empresa prestaba servicios las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana. No había domingos, feriados, ni día del trabajador. No éramos empleados; formábamos parte de la empresa sin pertenecer a ella, dependíamos de las ventas.
Era muy sencillo: al comienzo del período se establecían los objetivos de cada área. Todo se medía según resultados. El que no vendía ni producía lo planificado; no alcanzaba los objetivos y, tarde o temprano, quedaba en la calle.
Quedar en la calle es un modo de decir: ya para vender estábamos en la calle. Una vez despedido, el empleado dejaba de “pertenecer” a la prestigiosa compañía multinacional, se quedaba sin el pin y sin el logo, sin los cursos de capacitación en el exterior, sin las tarjeta personal, sin el viaje a las convenciones, sin la fiesta de fin de año… con el curriculum bajo el brazo y la carga social y familiar de ser un desocupado.
Si por alcanzar los objetivos de la empresa no estás alcanzando tus objetivos personales, tarde o temprano estarás en problemas.
Es imperante no perder el trabajo; pero hay otras cosas que estás perdiendo a cambio. ¿No es más preocupante haber perdido la fe, por ejemplo? ¿De qué te sirve comprar el mundo en cuotas, si a cambio te pierdes de vivir la verdadera felicidad?
“De que te sirve conquistar el mundo entero, si a cambio pierdes tu alma”, le decía Ignacio de Loyola a su amigo Francisco Javier, citando al Evangelio.
La situación económica y laboral del país es preocupante. El desempleo sigue creciendo y volver a la calle a buscar trabajo sería fatal. Pero es más tremendo que, en el atardecer de tu vida, te encuentres ante Dios con las manos vacías, desocupado de los problemas del prójimo y con la carpeta curricular de tu vida debajo del brazo.
Del libro: Apurado y Sin Tiempo
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¿Tiene lugar en mi trabajo?

Autor: Pablo Córdoba
“La verdad es que a mí también me gustaría amar a Dios y ser una persona más espiritual; pero no puedo. Trabajo todo el día. No tengo tiempo para pasar por la Iglesia a rezar. Termino el día agotado”. Estas suelen ser algunas de las excusas que usamos para decirle a Dios que no, que no nos moleste. “¡Por ahora no! No tengo tiempo para rezar…” –le decimos con nuestra mirada indiferente.
Para amar a Dios no se requiere de tiempo extra. No es necesario recitar oraciones de memoria ni pasar el día en la Iglesia. Cualquier trabajo honrado puede transformarse en oración. Trabajar con amor es orar. Estudiar a conciencia y a fondo es rezar. Toda actividad humana, que ha sido realizada pensando en los demás, se convierte en oración y por consiguiente, nos acerca más a Dios.
Tu lugar de trabajo, donde están tus compañeros, tus aspiraciones, tus intereses y problemas, puede ser el lugar de encuentro cotidiano con ese Dios que te ama infinitamente y te espera.
En el medio del mundo, en la calle, en la oficina, en el taller, en la escuela, en el hospital, en el campo… en medio de las cosas materiales es allí donde podemos encontrarnos con nuestro Padre. Bastará con que tengas a mano un crucifijo, una imagen, que te recuerde a Cristo, para que con solo mirarla hagas oración.
“Dios les llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de ustedes descubrir… No hay otro camino: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”. Escribió un gran hombre para abrirnos la mente.
¿No arde tu corazón al saber que Dios te está esperando en el lugar de trabajo, en la oficina, en el aula, en el mostrador, en tu casa…?
¿No te ilusiona pensar que, poniendo un poco de amor en tus tareas, podrás descubrir ese algo divino, escondido en los pequeños detalles de la tarea laboral? Para amar a Dios no hace falta tiempo extra. Tu actividad laboral puede convertirse en oración, en lugar sagrado, donde tu corazón se encuentre con Dios.
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Ver artículo completo.¿Tengo derecho a ser infiel?
Autor: Pablo Córdoba
–¿Qué quiere decir con eso de que la entrega debe ser incondicional? –le pregunté sorprendido.
–Muy sencillo. El amor conyugal consiste en la recíproca donación de las personas. Incluye atracción, deseo, amistad. Pero va más allá. Es una entrega total y exclusiva.
Los esposos son entre sí mucho más que novios, amigos que conviven o una pareja de hecho. Cuando alguien se casa se entrega al otro para siempre. Y entregarse a una persona para vivir con ella es mucho más que irse a convivir con la novia.
-Sigo sin entender -dije con rostro desconcertado.
-Cuando uno se casa recibe al otro -me respondió en todo sereno.
Recibir a una persona, incorporándola a uno mismo como algo propio, es mucho más que convivir con el novio. Cuestiones que sólo ocurren en el matrimonio. En él, tras una elección consciente y libre, un hombre y una mujer se entregan del todo mutuamente y recíprocamente. Sin condicionamientos ni reservas. A la donación personal corresponde la posesión. A partir de ese momento, el hombre es de su mujer y la mujer es de su esposo. Esto es la monogamia.
–¿La mono qué?
–La monogamia. Al casarse, uno se entrega exclusivamente a una sola y única persona. En efecto, la donación de sí mismos, que mutuamente se hacen los esposos, excluye (si es plena y verdadera) que puedan darse al mismo tiempo o más adelante a otra persona.
–No me parece natural que así sea –le contesté.
–¿Ah, no? ¿Por qué no?
–Todo lo natural es lógico por naturaleza. Y esto de la monogamia me resulta ilógico.
–¿Sí? ¿No me digas? ¿No te parece lógico pensar que lo que ya se ha dado a una persona no puede ser dado a otra?
¿Y a ti qué te parece? ¿No suena lógico que si la entrega ha de ser total deberá ser exclusiva? ¿No me digas que no te gustaría ser amado en exclusividad? Porque es natural que así lo quieras.
La monogamia es el modo natural que tienen los hombres de amar a otra persona del sexo complementario. Las demás maneras, que no exigen exclusividad, constituyen el modo natural que tienen los animales de vivir en pareja. Ellos no viven con; sino que conviven hasta. Y es natural que así sea.
Del libro: ¿Convivir o vivir con?
Esa es la cuestión



