Prengutas para pensar

* ¿DÓNDE PUEDO ENCONTRARME CON DIOS?
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* ¿TENGO ALGO PENDIENTE DE HACER?
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* ¿ADEMÁS DEL SUSTENTO, PARA QUÉ MÁS PUEDE SERVIR MI TRABAJO?
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* ¿QUÉ HACER EN LOS PEORES MOMENTOS DE LA VIDA?
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* ¿ME FALTA ALGO EN MI VIDA O LO TENGO TODO?
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* ¿A DÓNDE ACUDIR EN LAS DIFICULTADES?
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* ¿QUÉ PUEDO HACER PARA ENCONTRAR EL AMOR DE MI VIDA?
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* ¿DE QUÉ ME SIRVE TERMINAR EL DÍA AGOTADO?
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* ¿POR QUÉ A MÍ?
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* ¿DE QUÉ ME SIRVE COMENZAR EL DÍA BIEN INFORMADO?
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* ¿QUÉ HACER PARA DESPERAR MI HÉROE INTERIOR?
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* ¿DE QUÉ ME SIRVE TODO ESTO LO QUE HAGO?
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4. Cansado y aturdido. ¿Para qué?

Eran las siete de la tarde de un viernes frío aunque soleado, el final de una larga y ardua semana de trabajo y el comienzo de un fin de semana con buen tiempo. Estaba cansado y aturdido.

Mi supervisor se había ido temprano y no volvería. Baje las persianas, revisé el escritorio, lo dejé como estaba: desordenado, y apagué la computadora. Conecté la alarma, apagué las luces y, con un golpe seco, cerré la puerta de la oficina.

A partir de ese momento me preparé para un fin de semana pleno de diversión y de euforia. El viernes a la noche iría a bailar con mi novia; el sábado tenía un asado con mis amigos y el domingo jugaba mi equipo. Con el tranco apurado emprendí el regreso a casa.

Estaba ansioso por llegar al estacionamiento. En cada paso crecía el deseo por encontrarme con ella. Lo primero que hice al entrar fue buscarla con la mirada. Allí estaba, en el mismo lugar donde la había dejado esa mañana.

Rápidamente fui a su encuentro. Con la punta de los dedos le acaricié el asiento. Saqué las llaves del bolsillo del pantalón, me incliné ante ella, tomé entre mis manos el candado y, en un abrir y cerrar de ojos, le quité la cadena. Me puse de pie y caminé por uno de sus costados, mientras metía la mano en la campera y sacaba un atado de cigarrillos.

Muy pero muy seguro de lo que estaba haciendo, até el casco en la parrilla trasera. Por el mismo costado me adelanté y suavemente volví a acariciarla. La miré una vez más y, ensanchándome de hombros, me puse la campera.

Cuando terminé de pasar el último botón, tomé el manubrio y con un atlético movimiento me subí. Acomodé el cuerpo y le di contacto.

Párate y Piensa:
¿Te parece saludable terminar la semana cansado y aturdido para obtener a cambio dos días de diversión y euforia?
Un fin de semana de fútbol, asado, amigos, novia, boliche. Bien; pero, ¿y Dios? ¿Para cuándo? Ten cuidado, no vaya a ser que, fingiendo estar seguro de lo que estás haciendo, ates tu casco en la parrilla trasera.

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3. ¿Para qué me sirve todo esto?

En la compañía, lo más importante eran las ventas. Había que vender, vender y vender.

Con tal objetivo, desde la casa central se capacitaba a los gerentes y team leaders en el dominio de las técnicas para manejar a los productores, asesores, o como quieran llamarles, en todo lo que sea ventas. El nombre era lo de menos, todos nos alistábamos como “vendedores contratados”.

La empresa prestaba servicios las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana. No había domingos, feriados, ni día del trabajador. No éramos empleados; formábamos parte de la empresa sin pertenecer a ella, dependíamos de las ventas.

Era muy sencillo: al comienzo del período se establecían los objetivos de cada área. Todo se medía según resultados. El que no vendía ni producía lo planificado; no alcanzaba los objetivos y, tarde o temprano, quedaba en la calle.

Quedar en la calle es un modo de decir: ya para vender estábamos en la calle. Una vez despedido, el empleado dejaba de “pertenecer” a la prestigiosa compañía multinacional, se quedaba sin el pin y sin el logo, sin los cursos de capacitación en el exterior, sin las tarjeta personal, sin el viaje a las convenciones, sin la fiesta de fin de año… con el curriculum bajo el brazo y la carga social y familiar de ser un desocupado.

Párate y Piensa:
Si por alcanzar los objetivos de la empresa no estás alcanzando tus objetivos personales, tarde o temprano estarás en problemas.
Es imperante no perder el trabajo; pero hay otras cosas que estás perdiendo a cambio. ¿No es más preocupante haber perdido la fe, por ejemplo? ¿De qué te sirve comprar el mundo en cuotas, si a cambio te pierdes de vivir la verdadera felicidad?
“De que te sirve conquistar el mundo entero, si a cambio pierdes tu alma”, le decía Ignacio de Loyola a su amigo Francisco Javier, citando al Evangelio.
La situación económica y laboral del país es preocupante. El desempleo sigue creciendo y volver a la calle a buscar trabajo sería fatal. Pero es más tremendo que, en el atardecer de tu vida, te encuentres ante Dios con las manos vacías, desocupado de los problemas del prójimo y con la carpeta curricular de tu vida debajo del brazo.

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