Prueba de apagar la tele

Autor: Pablo Córdoba

Cuando entré en mi habitación, puse el televisor, después encendí la luz. Tomé el control remoto e hice zapping hasta dar con algo divertido; subí el volumen y me tiré de espalda en la cama. Llevé hasta el pecho una de mis rodillas e inicié la rutina de quitarme el calzado.

Apoyé mi cabeza sobre la almohada y, sin pensar en lo que estaba haciendo, me eché a dormir como los perros (digo como los perros, porque ni los perros, ni yo, nos detenemos un momento a pensar, antes de echarnos a dormir. ¡Perdón!, quise decir antes de acostarnos a descansar).

Así de sencilla fue la manera en que quedé dormido: con el televisor encendido y con mis sueños apagados. Qué importaba, si no estaba de moda pensar ni mucho menos… soñar!

Vivir así, A MI MANERA, como dice la canción; sin sueños de trascendencia. Lo que está de moda no incomoda y lo importante es, al fin y al cabo, hacer lo que todos hacen. Vivir como en las revistas, como las modelos y los actores de la televisión. Vestirse y hablar como ellos. Repetir lo que se dice sin criterio personal.

Párate y Piensa:

Fíjate bien en lo que estás haciendo, no sea que antes de encender la luz, agarres el control remoto.
No es cuestión de que nos echemos a dormir como animales, por más que lleguemos a casa agobiados. ¿No sería mejor pensar unos segundos en el día que pasó? ¿Ver lo que estuvo bien, lo que hicimos mal, lo que podríamos mejorar?
No está de moda pensar; mucho menos soñar; pero: ¿no te gustaría encontrarte contigo, con tus ilusiones y tus sueños? ¿Quién lo prohíbe? ¿Quién te dijo que no se pueden recordar los momentos felices del día? Quizás esta noche, antes de acostarte, puedas apagar el televisor… y encender tu imaginación y echar tus sueños a volar! Tal vez te encuentres con tigo mismo. Quizás recuperes la ilusión de los comienzos y las fuerzas necesarias para seguir luchando por tus sueños.
A lo mejor, reflexionando sobre tu vida, descubrís que es hora de retomar los estudios, comenzar la universidad, cambiar de trabajo, mejorar tus relaciones familiares o tu relación con Dios.
¿Quién te dice? En una de ésas… una de estas noches descubrís el sentido de tu existencia o encuentras la solución a ese viejo problema. Inténtalo, apaga el televisor y encuéntrate contigo.

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Si puedes hacerlo: ¡hazlo!

Autor: Pablo Córdoba

Dejé la mochila en la silla, saqué unos libros, que hacía tiempo que venía paseando, y los abandoné sobre la mesa. Mientras me quitaba la campera, vi entrar a mi vieja con un plato de comida.

A todo esto, han pasado algunos años. No recuerdo bien si ese plato era de polenta o de lentejas. Pero eso no importa ahora. Tampoco importó en ese momento. Aunque, hasta el día de hoy, tengo presente el rostro de mi madre en aquel instante en que permanecía de pie al frente mío y en silencio.

¿Cómo olvidar su sonrisa? ¿Cómo olvidarme del cariño que me ofrecía? ¿Cómo olvidar su mirada? Ninguna otra persona volvería a mirarme de esa forma.

Ella deseaba que me acercara a darle un beso. Sin embargo, un relámpago duró esa espera. Comprendió que no estaba dispuesto a besarle. Sin mudar la sonrisa de sus labios, dejó el plato de comida sobre la mesa.

No le devolví la sonrisa. No le dirigí siquiera una mirada. Antes de que ella me ofreciera eso que supuestamente sería mi cena, le dije que había comido un sándwich, antes de salir para casa.

Ha pasado el tiempo… No recuerdo si aquella noche, antes de dormir, me despedí de ella. O si al menos al alejarme murmuré un “Hasta mañana”. No lo recuerdo. Sí me acuerdo, porque aún no lo puedo quitar de la memoria, de su rostro, de sus ojos cansados, que me dijeron: “Hasta mañana”.

Párate y Piensa:

Algún día, aquella mujer que te trajo al Mundo no estará más a tu lado. De su afecto… sólo quedarán dulces recuerdos. Entonces, cuando no recuerdes si aquel plato era de polenta o de lentejas, recordarás su sonrisa y tu alma se llenará de lágrimas de agradecimiento.
¡Qué triste sería que, en ese momento, quieras darle un beso y no puedas! Pero más lamentable será aún, si ahora que puedes besarla… no lo haces.

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Mi vida tiene de todo, menos…

Autor: Pablo Córdoba

Se prendió la luz del contacto y encendí el primer cigarrillo. Con el estilo de los tipos exitosos, mientras tiraba el humo, de una sola patada dejé el motor en marcha. Cuánta alegría me causó volver a escuchar el rugir de su motor entre mis piernas.

Ahora que pienso en todo aquello: ¡Qué facha que tenía ahí arriba! ¡Qué lindos sentimientos me despertaba sentir el viento en la cara! Me sentía importante y poderoso.

No podía ser de otra manera. Sentado ahí arriba me sentía el dueño del Universo. ¿Cómo no iba a creerme el tipo más libre del planeta? Yo: que no tenía nada en la cabeza ni a nadie encima de ella. Digo nada, refiriéndome al casco, y digo nadie, refiriéndome a Dios.

Todo estaba centrado en mí mismo. Mi cuerpo, mi moto, mi salud. Vivía un individualismo atroz, desprovisto de valores morales y sociales, alejado de cualquier idea que implicara pensar en los demás. Pasaba el día pensando en mí, cuidando la imagen, la apariencia. Horas atendiendo mi pelo, mi ropa, mis discos… Por lo general hacía lo que se me antojaba. Era una persona sin complejos. Nunca me quedaba callado. Decía de frente lo que pensaba o sentía. No tenía ideales personales ni objetivos transcendentes de ninguna índole: nada me ilusionaba. Vivía, pero sin saber para qué vivía.

Cuando tomé conciencia, había cruzado el centro de la ciudad. Antes de que oscureciera ya estaba tocando bocina en la vereda de casa, esperando ansioso que alguien saliera para abrirme el portón.

¿Cuántas veces andamos por la vida con ese aire placentero que tienen los ganadores, sin darnos cuenta de que no le ganamos a nadie?
¿Cómo es posible que, porque estamos arriba de una moto o de un auto, nos creamos los dueños del Universo? ¿Por qué será que desde la abundancia material nos gusta aparentar una seguridad que no tenemos? ¿Por qué lo hacemos?
Ahí no culmina la cosa. Muchas veces no nos damos cuenta de que en ese tener todo; tanto tu vida como mi vida tiene de todo… menos sentido.

Quiero comprar este libro y tenerlo en casa

 

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