¡Nunca es tarde!

Autor: Pablo Córdoba
Fuente: www.pablocordoba.com

–No te detengas, por favor. Sigue con la historia.

–Se acercaba el mediodía, faltaban minutos para que comenzara el feriado, la fiesta de la pascua judía. Los soldados y los empleados romanos estaban apurados, querían terminar pronto con el espectáculo y volver a sus casas. Para agilizar el tranco del penado, obligaron a Simón de Cirene, un hombre sencillo, un padre de familia que volvía de su trabajo, a llevar la Cruz del condenado.

–¿Jesús aceptó su ayuda?

–¡Por supuesto que se dejó ayudar! Ese pequeño favor, entre tanto sufrimiento, fue suficiente para derramarle todo su amor sobre este nuevo amigo y sobre sus hijos. A Cristo le basta una mirada, una sonrisa, una palabra de compromiso, un corazón arrepentido; para que en su rostro renazca una sonrisa.

Está naciendo un tu corazón un ferviente deseo por devolverle a Cristo todo el amor que has recibido. Está muy bien que así sea. Pero no te olvides que “el amor con amor se paga”. No hay otra moneda.
“¿Cómo saber si lo estoy haciendo con el amor adecuado?”, te estarás preguntando. La certeza de que las cosas son hechas con amor, la da el sacrificio. Esa es la pauta para medir el valor de tus actos y de tus acciones. No hay otra moneda.
Sin perder tiempo en promesas estériles, toma tu cruz, que es también la Cruz de Cristo, y cárgala con alegría. Serás confortado con la satisfacción que sintió aquel padre de familia, al que obligaron a cargar el madero.
Hay veces que la cruz nos toma de sorpresa: una muerte inesperada, una enfermedad… No te desesperes porque Cristo siempre sale a nuestro encuentro.
Después de todo lo que has leído es posible que tu mente se vea asaltada por mil y una excusas pasajeras. No seas condescendiente con ellas, que son ideas pasajeras y entrégate sin miedo al Cristo del madero.
Quien ayudó a Jesús en los momentos más difíciles fue un hombre casado y con hijos, que volvía a su casa al salir de su trabajo. Un hombre común y corriente.Jesús ya había elegido a sus discípulos; estaba todo dicho, sin embargo, había tiempo para este hombre, porque: ¡Nunca es tarde para acercarse a Cristo!
No te dejes engañar por el susurro que recuerda la vejez de tu cuerpo o la frescura de tu alma. Aunque parezca que todo está perdido y que nada tiene sentido… ¡Nunca es tarde para acercarse a Cristo!

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Cosa de hombres

Autor: Pablo Córdoba
Fuente: www.pablocordoba.com

–¿Me estás diciendo que Cristo estuvo sólo?

–Le mentiría a la humanidad completa; si te dijera que no estuvo acompañado. Al lado suyo siempre estuvo María, su madre. Aquella joven que treinta años atrás le había dado su SÍ al ángel; ahora era una mujer que ya conocía el sufrimiento.

Había enviudado, vivía en la pobreza y estaba perdiendo lo único que tenía. No sé si cabe un sufrimiento mayor que ver morir a un hijo de esta manera. Pensar que ella sí que hubiera encontrado excusas para quedarse en casa. Pero allí estaba: pidiendo permiso entre la gente para poder verlo de cerca. Bregando entre el gentío hasta encontrarse con la sonrisa serena de su hijo malherido.

“Hizo silencio.

–No te detengas, sigue con el relato. Ella continúo:

–Con inmenso amor la madre miró a su hijo. Sus ojos lo dicen todo, lo animan, lo alientan, le sonríen. Desde la tristeza le entrega su dolor. El hijo, agobiado por los empujones de los soldados, se pierde en su mirada, descansando en ella; pero, en seguida, la pierde de vista. Alguien lo escupe a la cara y debe volver al madero.

Su corazón ya ha sido confortado. Aquel encuentro ha sido un consuelo del Cielo, una bocanada de aire puro, un vaso de agua fresca en el desierto del Calvario.

Algo más distantes, detrás de las mujeres, sin que su hijo la viera, María llora en silencio la condena. En ese momento, su corazón entristecido es traspasado por la espada de siete filos para que se cumpla la profecía de Simeón.

Jesús, siendo Dios y hombre valiente, no quiso privarse del amor de una madre. Se dejó cuidar, consolar y acariciar a la distancia. Con hombría, reconoció que la necesitaba y se dejó mimar por Ella.

María tenía motivos para quedarse en casa. Nosotros, por el contrario, buscamos excusas para demorar una visita al hospital, a la casa de la abuela, al asilo para ver a nuestros padres… “No tengo tiempo, estoy apurado, no tengo dinero…”, solemos decir con gesto de ocupados.
Su hijo agonizando y nosotros indiferentes al lado de Ella, sin decirle una palabra, llenos de prejuicios machistas y con vergüenza.
“¿Rezarle a la Virgen? Rezar el rosario es cosa de viejas”, decimos con miedo a verla llorar por causa de nuestra frívola indiferencia.
No esperes que tu vida se convierta en un calvario para contar con la ternura de tu Madre del Cielo. Este es el momento de acercarse a Ella. Busca sus ojos entre la muchedumbre que te acosa… yo te aseguro que, tu mirada será reconfortada con su ternura.

Pablo Córdoba.

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¿Dónde estamos, cuando más nos necesita?

Autor: Pablo Córdoba
Fuente: www.pablocordoba.com

–Siguieron las burlas, le quitaron la capa de soldado, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

–No te detengas.

–Tomaron por un callejón angosto hacia la cima de un pequeño cerro llamado Gólgota, hoy conocido como el Calvario. Iba indefenso, entregado a su condena, sin vanos lamentos; pese a la inmensa injusticia que lo condenaba.

Una muchedumbre de judíos y extranjeros, llegados por la Pascua, acompañaba sus pasos, alimentando su curiosidad y el placer de ver sufrir al que decía ser el “rey de los judíos.”

”Al ver que yo la miraba en silencio, ella continúo con su relato:

Eran entre ochocientos y mil metros de un camino pedregoso, que debió recorrer descalzo, con sus vísceras heridas, sufriendo hemorragias internas y soportando la mirada indiferente de, quienes no les importaba saber que, aquel inocente cargaba con los pecados de toda la humanidad.

Su cuerpo extenuado se tambaleó hasta caer cerca de los curiosos. Entre estos estaban los hombres que había curado, que había alimentado en la multiplicación de los panes; aquellos que lo habían escuchado predicar en el templo; sin embargo, nadie hizo algo para ayudarle.

Sabían de quien se trataba y por lo que estaba pasando. Sabían que sería crucificado y que al atardecer estaría muerto. Todos sabían. Sus discípulos, el grupo más íntimo, ellos también lo sabían y sin embargo… no estaban.

Seguramente la curiosidad te hubiera llevado a ver por qué gritaba la gente.
Allí lo hubieras visto con tus propios ojos: sereno, confiado, esperando una palabra tuya.
¿Qué le hubieras dicho al Jesús de la agonía?
¿No se desangra tu corazón al reconocerte indiferente ante ese Jesús que murió por tus pecados y por los míos?
¿No se queman tus manos en el deseo de enjuagar su rostro? ¿No arde tu boca por decirle una palabra de aliento? Dísela sin miedo. Este es el momento de hablar con el Cristo del madero.
Sigue agonizando y te necesita más que antes. Todos saben que sigue sufriendo: en la villa, en el hospital, en la cárcel, en tu casa, en la mía, en tu lugar de trabajo…
Nosotros, que somos sus íntimos, también lo sabemos. ¿Me puedes decir dónde estamos cuando el Señor más nos necesita? ¿Dónde estamos?

Pablo Córdoba

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