Me estoy yendo o llendo. ¿Cómo se escribe?
Al finalizar el relato descubrirás si va con “y” o “ll”.
Como todos los días, el despertador sonó a las siete de la mañana. Todavía dormido, extendí el brazo y lo apagué. Con la misma mano encendí la radio para empezar el día bien informado.
Sobre la silla tenía todo lo que necesitaba: la camisa y el pantalón afectuosa mente planchados, la corbata y los zapatos lustrados. Sólo tenía que ejercer mi derecho de hijo varón, vestirme y salir para el trabajo.
Anunciaron el pronóstico del tiempo para esa jornada y decidí salir con el chaleco puesto.
Las llaves de la moto en el bolsillo, el celular en la cintura, el pelo engominado y la billetera en la mano. Estaba listo para salir hacia mi trabajo.
Como todo las mañanas, entré apurado en la cocina. Tomé un café y con un “Nos vemos” detuve a mi madre en la entrada del comedor. Con ello le hacía saber que no necesitaba nada y que no estaba dispuesto a dejar dinero en casa. Ella sólo había intentado un gesto de cariño. Darme un beso de despedida.
En la mesa del comedor desayunaba mi hermana. Quiso decirme algo y no escuché qué.
Como tantas otras veces…
Sinceramente, poco y nada me interesaba saber de su pensamiento adolescente.
Salí de casa sin decir una palabra y, después de atravesar la ciudad, como todos los días minutos antes de las nueve, entraba en mi oficina sin imaginar siquiera que todo tomaría un rumbo diferente. Va con y
No me quiero meter en tu vida. Ni mucho menos decirte como debes vivir. Nada más lejos de esa idea. Simplemente quiero reflexionar contigo sobre el modo en que arrancamos las jornadas… a las corridas, a las apuradas… ¿No podríamos comenzarlo de otra manera?
No sé a ti, pero a mí me ayuda, tener al menos un corto momento de reflexión… un par de idas, de pensamientos que, me recuerden que estoy vivo, puedo levantarme de la cama, que afuera está el sol alumbrando… que este día podría vivirlo de un modo distinto: ¡Mejor!
Es curiosa la importancia que le damos a nuestra vida exterior (trabajo, vacaciones, celular, tarjeta de crédito, etc.) y la displicencia con la que tratamos, en cambio, nuestra vida interior.
¿Cuántas veces en el apuro cotidiano salimos sin dar las gracias, sin saludar a las personas que viven con nosotros? ¿No sería más saludable saludarnos en la mañana y tener al menos un dejo de cariño con quienes viven en nuestra casa?
Si hoy te has ido sin saludar. No importa!!!! Prueba de saludar mañana.
Mañana puede ser un día distinto, nuevo, diferente al resto de tus días tan solo si te propones comenzarlo de una manera diferente.
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Si puedes hacerlo: ¡hazlo!
Autor: Pablo Córdoba
Dejé la mochila en la silla, saqué unos libros, que hacía tiempo que venía paseando, y los abandoné sobre la mesa. Mientras me quitaba la campera, vi entrar a mi vieja con un plato de comida.
A todo esto, han pasado algunos años. No recuerdo bien si ese plato era de polenta o de lentejas. Pero eso no importa ahora. Tampoco importó en ese momento. Aunque, hasta el día de hoy, tengo presente el rostro de mi madre en aquel instante en que permanecía de pie al frente mío y en silencio.
¿Cómo olvidar su sonrisa? ¿Cómo olvidarme del cariño que me ofrecía? ¿Cómo olvidar su mirada? Ninguna otra persona volvería a mirarme de esa forma.
Ella deseaba que me acercara a darle un beso. Sin embargo, un relámpago duró esa espera. Comprendió que no estaba dispuesto a besarle. Sin mudar la sonrisa de sus labios, dejó el plato de comida sobre la mesa.
No le devolví la sonrisa. No le dirigí siquiera una mirada. Antes de que ella me ofreciera eso que supuestamente sería mi cena, le dije que había comido un sándwich, antes de salir para casa.
Ha pasado el tiempo… No recuerdo si aquella noche, antes de dormir, me despedí de ella. O si al menos al alejarme murmuré un “Hasta mañana”. No lo recuerdo. Sí me acuerdo, porque aún no lo puedo quitar de la memoria, de su rostro, de sus ojos cansados, que me dijeron: “Hasta mañana”.
Párate y Piensa:
Algún día, aquella mujer que te trajo al Mundo no estará más a tu lado. De su afecto… sólo quedarán dulces recuerdos. Entonces, cuando no recuerdes si aquel plato era de polenta o de lentejas, recordarás su sonrisa y tu alma se llenará de lágrimas de agradecimiento.
¡Qué triste sería que, en ese momento, quieras darle un beso y no puedas! Pero más lamentable será aún, si ahora que puedes besarla… no lo haces.
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Mi vida tiene de todo, menos…
Autor: Pablo Córdoba
Se prendió la luz del contacto y encendí el primer cigarrillo. Con el estilo de los tipos exitosos, mientras tiraba el humo, de una sola patada dejé el motor en marcha. Cuánta alegría me causó volver a escuchar el rugir de su motor entre mis piernas.
Ahora que pienso en todo aquello: ¡Qué facha que tenía ahí arriba! ¡Qué lindos sentimientos me despertaba sentir el viento en la cara! Me sentía importante y poderoso.
No podía ser de otra manera. Sentado ahí arriba me sentía el dueño del Universo. ¿Cómo no iba a creerme el tipo más libre del planeta? Yo: que no tenía nada en la cabeza ni a nadie encima de ella. Digo nada, refiriéndome al casco, y digo nadie, refiriéndome a Dios.
Todo estaba centrado en mí mismo. Mi cuerpo, mi moto, mi salud. Vivía un individualismo atroz, desprovisto de valores morales y sociales, alejado de cualquier idea que implicara pensar en los demás. Pasaba el día pensando en mí, cuidando la imagen, la apariencia. Horas atendiendo mi pelo, mi ropa, mis discos… Por lo general hacía lo que se me antojaba. Era una persona sin complejos. Nunca me quedaba callado. Decía de frente lo que pensaba o sentía. No tenía ideales personales ni objetivos transcendentes de ninguna índole: nada me ilusionaba. Vivía, pero sin saber para qué vivía.
Cuando tomé conciencia, había cruzado el centro de la ciudad. Antes de que oscureciera ya estaba tocando bocina en la vereda de casa, esperando ansioso que alguien saliera para abrirme el portón.
¿Cuántas veces andamos por la vida con ese aire placentero que tienen los ganadores, sin darnos cuenta de que no le ganamos a nadie?
¿Cómo es posible que, porque estamos arriba de una moto o de un auto, nos creamos los dueños del Universo? ¿Por qué será que desde la abundancia material nos gusta aparentar una seguridad que no tenemos? ¿Por qué lo hacemos?
Ahí no culmina la cosa. Muchas veces no nos damos cuenta de que en ese tener todo; tanto tu vida como mi vida tiene de todo… menos sentido.
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