Como pan caliente

Autor: Pablo Córdoba

–Ya sé. Ahora me dirás que Jesús es Dios por todos los milagros que realizó y que, como sólo Dios puede hacer milagros, eso demuestra su…
–No -me respondió la Fidelidad.
–¿Cómo que no? ¿No me vas a decir, ahora, que Jesús no hizo milagros?
–Sí. Sí los hizo. Tal como lo habían hecho antes algunos hombres. Tal como los realizan actualmente los santos con poder de hacer milagros (no por esto se debe confundir a los taumaturgos con Dios). Durante el tiempo que Cristo permaneció como hombre no utilizó su poder divino. Sólo después de muerto, cuando resucitó. Recién ahí hizo algo que ningún otro hombre puede hacer, porque ninguno es Dios: resucitarse a sí mismo.
–Bien… –agregué, cansado de tanto esfuerzo intelectual. La Fidelidad, para distender un poco el ambiente, cambió de tema:
–Seguramente has leído algunos libros que hablan de niños y de hombres con poderes mágicos. Los hay para niños y para adultos con mentalidad infantil. Se los devoran creyendo hallar soluciones a los problemas existenciales. Son tonterías comerciales que se venden como pan caliente, que no hacen otra cosa que confundir y distraer al hombre del mensaje del Dios verdadero.
–Sí, los he leído… y me encantaron.
–No puedo culparte por eso. Están muy bien pensados, bien escritos. Saben hacer de medias mentiras, “verdades” completas. Pero no hay que confundirse: ningún hombre, ni el que supuestamente tenga grandes poderes mágicos o tecnológicos, puede llegar a convertirse en Dios. ¡Jamás!

¿Te molesta que insista tanto en que Cristo, además de hombre, es el Hijo de Dios? No te molestes por eso. Quienes lo crucificaron lo hicieron, entre otras cosas, porque no aceptaban que dijera que Él era Hijo de Dios. Por eso lo mataron.
Sé que no te gustaría ser uno de ellos, pero, lo que pasó hace dos mil años hoy se vuelve a repetir. A muchos aún les molesta que sea el Hijo de Dios. Otros, pretendiendo reducirlo a una figura excelsa pero lejana, tratan de remplazarlo con literatura barata y millonarias producciones cinematográficas.
Hay que ser muy precavidos en esto porque amenaza con convertirse en la última herejía moderna.

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Colección Parate y Pensá

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“Sí, yo soy el Hijo de Dios”

–No soy el único que cometió pecados -le dije.

–No. Desde los primeros días de la creación, el hombre le viene fallando a su Creador. Pero Éste, lejos de abandonarlos, les da una nueva oportunidad y les promete un mediador: alguien capaz de reconciliarnos con Él. Renueva su confianza en el hombre, pero esta vez elige un pueblo: el pueblo judío, al que durante años había preparado para recibir al Mesías, el hijo de Dios hecho hombre.

Yo hacía silencio. Ella continúo:

-Entonces, una mañana, un ángel se le apareció a una virgen que vivía en Nazaret, ciudad ubicada en la región de Galilea, y le dijo: “No temas María, el Señor está contigo. Vas a quedar embarazada y darás a luz a un hijo, que pondrás por nombre Jesús. Será grande y con razón lo llamarán Hijo del Altísimo”. En ese instante, el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de esta mujer. El niño creció en Nazaret, trabajó, se cansó, tuvo amigos, lloró y sufrió como cualquier ser humano.

–Y a todo esto: ¿Dios qué dijo?

–En el momento en que Jesús recibió el bautismo se oyó una voz celestial que dijo: “Este es mi hijo muy amado, el elegido”. Aquel Dios, que había prometido un Salvador, confirmó personalmente que Jesús de Nazaret, su hijo, era el intermediario prometido. El Mesías.

–¿Cristo qué dijo de sí mismo?

–“¿Tú eres el hijo de Dios?”, le preguntaron los judíos antes de condenarlo, en el juicio que le hizo Caifás. Él contestó: “Sí, yo soy el Hijo de Dios.”

–Ninguna de estas cosas dicen que Cristo es Dios …y estábamos hablando de ese tema.

–Lo dijo antes, cuando afirmó: “Mi Padre y yo somos una misma cosa”. Es lo mismo que decir que Cristo es Dios.

“Necesito más pruebas”, podrás decirme. Te invito a leer el capítulo 1 de san Juan, el 8 de la carta a los Romanos de san Pablo y el 12 de san Marcos.
También la parábola de los viñadores, a san Mateo: “Nadie conoce el Hijo, sino el Padre y nadie conoce al Padre…”, a San Juan: “Mi padre obra, y yo obro juntamente con Él”, la carta a Filipense: “Jesucristo, teniendo la naturaleza de Dios, tomó figura de siervo” y, especialmente, a San Juan 20, 27.

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Creo por que me da la gana

Autor: Pablo Córdoba

–Con tus pecados no sólo has ofendido a Dios Padre; sino que has ofendido a Cristo, que también es Dios -me dijo la Fidelidad.
–Cristo fue un gran hombre. Una persona con poderes sobrenaturales que dejó un hermoso mensaje de paz y amor…
–¿Con poderes sobrenaturales dijiste?
–Sí, para hacer milagros. Como cuando resucitó a su amigo…
- Lázaro.
-Eso te lo creo, pero que sea Dios… No lo creo.
–¿Porqué no? ¿Qué te hace pensar que si resucitó a su amigo no se pudo resucitar a sí mismo?
–Porque eso solamente lo puede hacer Dios.
–Es lo que estoy tratando de decirte. Cristo, además de ser verdadero hombre, que caminó junto a sus amigos, que habló, sufrió, sangró y lloró; es Dios. Es mucho más que un hombre ejemplar. Es Dios.
–¿Y eso de donde sale?
–De la Biblia que, no es otra cosa que la Palabra de Dios, escrita para que los hombres crean en Cristo.
–¿Y qué te hace pensar que la Biblia es verdadera?
–1° Cristo, dijo que las escrituras son verdadera revelación divina. Él aceptó la creencia de que el Antiguo Testamento venía de Dios, que era inspirado por Dios. 2° En Cristo se cumplieron todas las profecías. Solamente Dios puede profesar lo que va a ocurrir. 3° Creo en el Nuevo Testamento, donde están las predicaciones y las acciones de Cristo; porque creo en todo lo que dijo el Hijo del hombre.
–¿Y Por qué voy a creer en lo que dijo Cristo? ¿Por qué crees en Cristo?
–Por la autoridad con que mostró todo lo que dijo e hizo para demostrar que Él era el hijo de Dios.
–Me mareaste. Es un círculo vicioso. Estoy perdido.
–No es ningún circulo vicioso. Cristo demostró con sus obras que era Dios. Entonces creo que Cristo es Dios. ¿Quién más podría resucitarse a sí mismo? Creo en las escrituras porque Él demostró que, si bien habían sido escritas por hombres, eran inspiradas por Dios. Además, porque Él mismo lo dijo. Y, fundamentalmente, creo porque se me dan las ganas.

¿Te parece una locura sin sentido creer en Cristo porque se te dan las ganas? Hacé el intento y te darás cuenta de que la locura de tu vida recobrará el sentido.

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Colección: Parate y Pensá

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